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Homero Díaz disfruta todavía de la pasión de fútbol tres años después de terminar su carrera como futbolista.

Este antiguo defensa de 35 años trabaja como fisioterapeuta para el equipo argentino Quilmes, lo que le permite permanecer en acción cada fin de semana en estadios como La Bombonera, del Boca Juniors.

“Con frecuencia, los futbolistas caen en el desánimo cuando finaliza su carrera, pero eso no es lo que me ha ocurrido a mí,’’ ha confesado Díaz (en la imagen, situado en el centro de la primera fila del banquillo de sustitutos del Quilmes). “Es como si continuase jugando: viajo con el equipo y escucho sus conversaciones. Todavía vivo la pasión.”

Díaz, que ha jugado para equipos de segunda división durante 15 años, forma parte de un grupo de futbolistas argentinos que han recurrido al apoyo económico de la fundación de su sindicato, Futbolistas Argentinos Agremiados, con tal de estudiar y formarse para una segunda carrera como fisioterapeuta deportivo.

Otros han estudiado para convertirse en chefs, en contables o en periodistas. Aun así, muchos jugadores nunca finalizan su educación secundaria y “tan solo un pequeño porcentaje de ellos decide estudiar una segunda carrera,” ha manifestado Díaz.

En su tiempo libre, Díaz da charlas a los futbolistas jóvenes para animarles a finalizar su escolarización o a iniciar estudios universitarios.

Gonzalo Minguillon, de 34 años, juega como centrocampista para su equipo de cuarta categoría, el Sacachispas, y ha comenzado a trabajar como fisioterapeuta después de graduarse en la universidad.

Decidió comenzar una segunda carrera debido a los problemas con los retrasos en el pago de salarios en un club anterior.

“Siempre nos pagaban con un retraso de dos o tres meses,” afirma Minguillon. “Había mucha incertidumbre. Ni siquiera podías comprar una televisión y pagarla a plazos, así que mucho menos comprar una vivienda.”

Minguillon afirma: “No es mucho lo que ha cambiado” en los últimos diez años por lo que respecta a la inestabilidad económica del fútbol argentino.

La fundación del sindicato, Fundación el Futbolista, ha cubierto el coste de la mitad de sus tasas universitarias, y ha proporcionado un aliento muy valioso, ha manifestado.

Ahora trabajo por las tardes, tratando a pacientes que padecen parálisis y la enfermedad de Parkinson, y espera finalmente trabajar para un club de fútbol.

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    Gonzalo Minguillon supervisa una paciente en una clínica de Buenos Aires.

Gaston Bojanich, de 31 años, trabaja a tiempo parcial como fisioterapeuta en una clínica, al mismo tiempo que juega como futbolista profesional para el equipo de primera división, Temperley. Entrena por la mañana y atiende a los atletas lesionados por la tarde.

Asegura que hubiera afrontado dificultades si la fundación del sindicato no le hubiese ayudado a pagar la mitad de las cuotas universitarias, que ascendían a 700 dólares al mes.

“Combinar los estudios con jugar al fútbol era mental y físicamente agotador, pero ese sacrificio valió la pena,” ha afirmado Bojanich. “El día en que deje de jugar, tengo una profesión a la que recurrir.”

Luis Ángel Vildozo prevé también permanecer en el fútbol cuando deje de jugar: como periodista.

Vildozo, que juega para el equipo de segunda división, Club Atlético All Boys, ha completado un curso en periodismo y espera conseguir empleo como comentarista radiofónico.

La fundación del sindicato ha costeado la mayor parte de los costes de sus estudios, de tres años de duración.

"Deseo cumplir algunos de los sueños que no conseguí como jugador," ha manifestado Vildozo, de 35 años. "Como estar en los partidos de la Liga de Campeones y de la Mundial."  

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